Fernando Paiva nació una tarde de agosto de 1944 en una aldea entre Douro y Miño, al norte de Portugal en la región de Vinho Verde, donde abundaba la pobreza el analfabetismo y la alegría. Allí recorrió 10 km diarios en bicicleta para llegar a la escuela, vio por primera vez la luna llena y los nidos de verdilhão con huevos dentro. Militó en la Juventud Agraria Católica que la dictadura “toleraba” y partió al frente de las Guerras Coloniales en Guinea Bissau donde vio morir a muchos camaradas “por la Patria y por el Dictador”. Una tarde de julio de 1970 se casó con Teresa en ceremonia íntima. Los novios, dos testigos y el sacerdote al que sacó de la comisaría donde estaba siendo “interrogado”. Los casó y al otro día fue preso. Tiene tres hijos cuatro nietos y un bisnieto de cuatro meses.

“En Portugal el derecho a la propiedad privada de la tierra es incuestionable. Mismo después de la Revolución de 1975… Para mi la tierra tiene una función social, sirve para alimentar a las personas y quien la posee tiene una responsabilidad enorme” me escribe. A los 60 años Fernando Paiva hizo su propia revolución. Retirado de profesor de Historia, heredó la viña de Palmira, su madre, que vivió hasta los 102 años y se enfocó en el estudio de la biodinámica por ser la que, en su opinión, “mejor respeta el equilibrio entre los tres reinos, que propone al consumidor alimentos más sanos, que, finalmente, tiene una relación más humanista con quien trabaja”.

En 2005 presentó el primer vino con marca Quinta da Palmirinha y en 2007 le fue concedida la certificación Demeter, la primera de Portugal. Pero algo no cuadraba. ¿Por qué teniendo uvas de excelente “pureza”, estaba obligado a añadir sulfuroso al vino, adulterándola? En 2015 se encontró con Isabel Ferreira, profesora del Instituto Politécnico de Bragança que investigaba la acción de la flor de castaño en la protección del queso, por sus efectos antioxidantes y anti bacterianos y le propuso utilizarla para la protección del vino. 

Lo hizo en secreto, discreto. De esto doy fe. Tuve esa información “embargada” hasta hace un año. Hizo una experiencia feliz en 2015, la continuó en 2016 hasta que para 2018 todo el vino pasó a estar protegido, exclusivamente, con infusión de flor de castaño. “Estoy convencido que este método permitirá una mayor longevidad de los vinos, conservando toda su autenticidad”.

Tiene el pelo blanco la tez morena curtida por la intemperie las manos grandes, fuertes. Habla poco y en voz baja. Su estar es seguro e introvertido hasta que dice. Seguramente el profesor Fernando Paiva late a 432 hz, la frecuencia a la que vibra la Tierra que ama protege y significa. La frecuencia exacta. 

Si no hubiera más remedio, me iba con este hombre a la guerra.

Para siempre, muito obrigada professor.

Artículo publicado en el nº36 de La alacena roja.

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