¿Triunfará la mentira? se preguntaba el periodista colombiano Andrés Hoyos en su columna del 3 de abril en el diario El Espectador.

Esa pregunta operó como gatillo. De pronto recordé una clase en concreto de Química estando en tercer año de liceo y le contesté en voz alta, “todo es cuestión de química, señor Andrés”.

La respuesta a su pregunta podría encontrarse a su vez en otra pregunta, ¿cuál es la cantidad de mentiras que puede tolerar una sociedad y por cuánto tiempo, antes de saturase y acusar serios problemas en la salud de su democracia? 

Siguiendo la metáfora pensemos en cuando aprendíamos la dichosa química en la secundaria.

Usted le pone azúcar al café con leche. Lo prueba y parece que le hace falta más. Agrega. Revuelve. Pero llega un momento en que ni usted percibe más dulzor ni el café con leche puede disolver más azúcar. La relación entre cantidad de líquido y de azúcar nos indica el punto de saturación.

Hay quienes la mamá les quitó el azúcar del café con leche en la adolescencia y la mantequilla y la mermelada de las tostadas para no engordar. Entonces, ya adulto, no puede ni lamer la cucharita con la que otro revolvió el café aunque vuelva a untar mantequilla y mermelada en la tostada. Ya no pasa por el aro del azúcar, pero hay otros por los que si. Sarna con gusto no pica. Pero es sarna.

Cuentan que en México, la tolerancia al picante es un problema serio de salud pública. Que ya de chiquitos los niños pobres chupan naranjas con mucho chile y que a los 35 años se mueren desangrados por el estómago. Se queman temprano, se acostumbran y siguen anestesiados camino de su tumba. Pero no sabemos qué recaudos se toman, si es que se hace, para quitarle a la vida un poco de tanto picante. Si hay alguien que pueda explicar en corto y simple que eso así mata. Pedagogía.

El problema puede ser que agregar azúcar al café y picante a la naranja sea demasiado fácil. Pero hacer pedagogía que tanto azúcar y tanto chile va corroyendo el cuerpo hasta matarlo, es muy complicado. Y sobre todo, toma tiempo. La fórmula del antídoto debe contemplar el factor tiempo. 

Lo supo Dominique Cummings brillante y amoral estratega detrás del triunfo de la campaña del si al Brexit. Todo está explicado en el film para televisión producido por la cadena HBO, “Brexit, the uncivil war”. Combinó la tentación de poseer en exclusiva un arma de recaudación masiva de los gustos y angustias de ciudadanos británicos, eso que se llama el algoritmo perverso, con dos mentiras fáciles y penetrantes, a saber que la Unión Europea se creó con un sobre con miles de millones de libras de los británicos y que los ciudadanos turcos a punto de convertirse en europeos vendrían a por sus puestos de trabajo. Dinero e inmigración se sumaron a la desafección de los liberales de bien. 

La formula estuvo servida, “take back control”. ¿Qué desempleado un poco patriotero no quiere recuperar el control de su vida? ¿Qué humano no quiere dejar de sentirse vulnerable de una puñetera vez? ¿Quién no quiere volver a tener un trabajo, pagar las cuentas de la vida y tomarse pintas hasta caer borracho al suelo sucio del pub? ¿Quién quiere perder su jubilación? ¿Quién, agotado de todo lo anterior, no compra la fórmula mágica frente a la pedagógica? Volviendo a México por una línea, y ahora ¿quién podrá defendernos?

¿Quién explica en el lapso que dura una campaña que ese cuento es una mentira mientras intenta hacer pedagogía? ¿Quién dispone del doble de tiempo? ¿Cómo explican que el remedio en realidad es más enfermedad, que el control es una ilusión y que están comprando droga dura en la puerta de la escuela?

Los malditos liberales habían abandonado el menú frugal porque todo hay que decirlo, ya habían probado algo del banquete conservador. Hace tiempo que habían sucumbido al mercado, al dinero y a su propio bienestar. Se habían emborrachado dando vueltas de alegría por puertas giratorias.También estaban chupando todos los caramelos, mientras pensaban, muy colocados, que había cosas que no volverían a pasar, que había discursos tan disparatados, que no prenderían como una cerilla arrojada con intención de quemarlo todo en un monte seco sucio y descuidado.

El caso británico resulta útil para enseñar química social y sus grados de saturación a la mentira. 

Ese indicador en nuestros imperfectos mas apreciados sistemas democráticos, son las elecciones. Pero se ha comprobado que puede estar mostrando zonas grises de peligro. Ahora la democracia electoral es un campo minado. En el caso británico, los que no votaron, los que miraron hacia otro lado, se tiran de lo pelos, como si no hubieran sabido siempre que para un niño comer naranjas con tanto chile picante, a la larga, es mortal. Como si no hubiera futuro más allá de un click.

En estos días nos enteramos de noticias curiosas que pueden estar dando señales de saturación social. Parece que los de Silicon Valley llevan a sus hijos a colegios sin ordenadores hasta que cumplen 14 años. Y nos enteramos también al hilo de lo anterior, que poder decir que hemos pasado las últimas 24 o 48 horas sin consultar nuestros perfiles en redes sociales, ni contestar mails y con el WhatsApp en modo silencio, es un indicador de estatus social. Y también que los pobres en general siguen adictos a las redes sociales como un niño pobre mexicano a la naranja con mucho chile picante.

Puede ser que sea uno de los primeros síntomas de saturación a la mentira. Puede ser que los ricos bien alimentados que practican yoga y meditan y quieren un mundo mejor para sus hijos y se toman el trabajo de ir a votar fórmulas progresistas para dormir bien, se hayan saturado del banquete tecnológico y comiencen a explorar una dieta más natural, menos química y más homeopática. Puede ser que comiencen a apreciar la fórmula de más aburrimiento y menos entretenimiento para la búsqueda de una estrategia en que la veracidad prevalezca.

La siguiente pregunta de estas reflexiones químicas sería ¿cuál será el indicador de saturación de acumulación de poder y riqueza de los mentirosos compulsivos a sabiendas, ese que les dé asco cuando piensen en volver a mentir? Porque ya sabemos cómo funciona el invento ¿verdad? Más tengo, más quiero, y esto hasta ahora nunca saturó.

La mesa está servida. A ver quién se sienta, qué come y cómo digiere. Porque más que lo que comemos somos lo que digerimos.

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