con Emilio Rojo en su finca

Cuando pronuncias su nombre suena el río. Todos se echan hacia atrás, exclaman su nombre entre muchas haches ajotadas y hacen ademanes y reverencias. También te advierten que está un poco loco aunque a todos les gusta presumir que pueden traspasar la gruesa capa de locura y llegar al ser racional que lo habita.

Se extendía inevitablemente la visita con José Luis Mateo en Quinta da Muradella cuando empezó a preocuparse. Si se tratara de otro no me importaba tanto, pero a Emilio tienen que conocerlo. Así nos despidió otro ser extraordinario caído en la olla más caliente de España, Verín, en la D.O. Monterrei (muy pronto aquí).

Nos fuimos a todo trapo, siguiendo el rastro de las columnas de humo de los incendios en los montes que prosperan como la mentira. ¿Será que cotizan al alza los incendios?
Seguimos la mala señalética de aquellas rutas del reino hasta que llegamos a su encuentro.
Son uds.? preguntó. Si dije, sin saber exactamente de dónde sacaba la voz.

Habíamos alquilado un coche al que no le funcionaba bien una ventanilla de atrás. Nos bajamos a los tropezones, Claudio intentaba cerrarla pero el mecanismo eléctrico enloqueció. Subía y bajaba sin control como anunciando lo que vendría. Murphy está entre nosotros.

Hoy no tengo tiempo ni para morirme, dijo. Y yo pensé ¡coño Emilio no nos hagas esto que venimos de Barcelona para verte y después de todo solo has atrasado nuestra cita 12 horas! Estaba claro que él no tenía muchas ganas de aquel encuentro pero yo no estaba dispuesta a aflojar así como así.

La cosa no venía bien y yo no paraba de preguntarme qué narices estábamos haciendo allí. Yo que llevo diez duros años de aprendizaje terapéutico, que huelo a los locos mejor que al vino, quería ser secuestrada por una familia de jabalíes o por las meigas que haberlas ailas también en aquella finca. Creció alrededor de un pueblo hasta engullirlo. Se ven los restos de las casas en donde según entendí nació Julia la mujer de Emilio y heredera de la finca. Solo dijo Julia una vez, tal vez dos y con eso fue suficiente. Luego supe que la nombra como “la capitana”. No pregunté por los hijos o cosas así. Esto quedó rápidamente fuera del libreto.

En realidad todo el libreto quedó fuera rápidamente. Nos metimos en la finca y arrancó raudo a caminar entre las hileras de loureira, treixadura, torrontés, albariño. Tampoco cabía preguntar cómo hace el vino o lleva la finca porque esto te queda claro, te penetra por los poros. Sólo hay que estar en interacción con su energía para saber que el vino lo hace en el viñedo y que una vez que la uva entra en bodega y arranca sus procesos naturales de fermentación, tiene que tener un devenir tranquilo. Tanto que para no molestarlo, Emilio y Julia se van lejos de viaje por lo menos un mes.

Estaba con el hombre que comenzó a cambiar hace 20 años la historia del Ribeiro y que 20 años después parece, a primera vista, está de vuelta de todo. ¿Por qué? No se, tampoco se lo pregunté.
Teníamos la sensación que quería deshacerse de nosotros pero nos citó en el Bar Souto, en la carretera.

Pidió un quinto. Éramos 4 alrededor de una mesa redonda. La tele, grande y de plasma, estaba con el volumen a tope. Emilio se sentó de perfil a la tele y a nosotros y pronunció un monólogo desopilante que terminó casi una hora después. Nunca nos miró a los ojos y nunca habló con nosotros sino para la audiencia que en ese momento éramos nosotros. Estábamos cansados, habíamos conducido horas, hacía mucho calor, nuestro dinero estaba en juego y aquel hombre, revolucionario y fact totum de uno de los mejores vinos de España en serio, no paraba de hablar de sus viajes por África y sobre todo la impresión que le había causado la violencia mejicana.
Pero entre todo aquello que nos obligaba a un ejercicio de paciencia y resignación dijo las dos o tres cosas que para mi lo hacen maestro. De esto me fui dando cuenta con el paso de las horas.

Me di cuenta que sin quererlo probablemente nos puso a prueba, nos hizo morder el polvo, nos exigió. ¡Que se joda el lector medio! como dice David Simon, si quieres hacer algo valioso, si estás dispuesto a una búsqueda en serio, no puedes estar instalado en la placidez de lo superficial. El maestro te hace sentir que vales en potencia pero te lo tienes que currar, aprender a despejar lo importante de lo que no lo es y llegar a sentir la perfección que hay en ti aventando lejos la tentación de buscar la perfección en si. Se trata de ser elegantes no perfectos. ¡Ah! Se trata de saber que la obra se realiza cuando llega al consumidor que la aprecia y se toma el trabajo de buscarla, descubrirla, beberla y juzgarla. Se trata también de saber vender.

Tiene sentido del humor y necesita seguir en la trinchera. Diría que siente casi culpa por vender bien y tener clientes ricos. Si me lo preguntara le diría que debería resolver esa falsa contradicción burguesa (¿se acuerdan de las “contradicciones burguesas”?) Los ricos, los pobres, los clientes, el mercado, la maldición de depender de otros para vivir. Por eso aparece una y otra vez la tentación de la vuelta a la vida salvaje. Nos quedamos con Manuel (el aprendiz) en la finca armados con facas y que la comida nos la suelten lejos que ya vamos a recogerla, dice, y sonríe tan francamente que te das cuenta que no te está vacilando.

Había vuelto de Girona porque lo había invitado Pitu Roca a comer. Qué lindo lugar, qué bien cocinan, qué bodega maravillosa, qué placer estar ahí. De pronto todo aquel aparato de propaganda que es su lenguaje corporal se desmorona tierno como una acelga ante los encantos sinceros y de alta calidad, en este caso, de la cocina de los Roca. A mi me hubiera gustado comer en lo de los padres y me quedé encantado con el pequeño, el pastelero, que tiene una nariz larga y puntiaguda y camina medio encorvado con las manos atrás.

Emilio tiene una incomodidad congénita. No se siente a gusto en este mundo. Le incomoda la riqueza obscena porque es injusta, le incomoda tener que ser sociable porque se aburre con la mayor parte de las personas, tiene un problema de encaje espacial por eso cuando nos vimos tenía un día a la vez normal y en diagonal tirando a bajo.
El disfrute perverso con la incomodidad propia y la ajena es caracterísitico de las personas que realmente se encuentran, por motivos intelectuales o emocionales, fuera de las estructuras impuestas y hegemónicas.
Emilio Rojo es incómodo e imprescindible. Es el tábano.

Bueno, si no hay nada más que hablar, yo me iría. Claro, dijimos nosotros que hacía rato pensábamos en comer y en dónde. Y al llegar al coche, en la oscuridad de la ruta, alumbrados apenas por una farola de luz gastada, Emilio prolongó la conversa varios minutos más, combinando de un modo incontinente la disculpa por el día que llevaba y el no poder evitar el goce que le produce.

Se fue en su camioneta verde adentrándose en la finca para ver la lluvia de estrellas de la Pléyade de San Lorenzo.

Nunca probamos sus vinos.

¡Salut maestro!

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11 comentarios

  1. Desde luego que es un personaje, pero es el tan particular y distinto como sus vinos. Estuve el año pasado media hora hablando con el y me pareció amable y sincero. Gente así me llama mas la atención que los digamos “normales”.
    Y eso de hacer tantos Kms para verle y que no pruebes los vinos es la caña, una putada pero entendible en su forma de ser, no hay convencionalismo.
    En asturias aún se recuerda cuando vino a presentar sus vinos a la distribuidora y al final nadie los probó, jajajajajaja, lo pretenda o no es un crack del marketing aunque algunos crean que no.

  2. Pero que bueno lo cuentas! Y en cierto modo un alivio. Si no los probaron ni en la distribuidora quiere decir que aquí vamos en buen camino. Cuando finalmente nos dejó ir quedamos en silencio un buen rato. Comimos una haburguesa de mala muerte en un chiringuito idem en Ourense y yo apuntaba frases como posesa en mi libreta para no perderme cosas y a la vez tener mi alma en paz para seguir proceando. Te juro que hasta ahora tengo ese momento revolotenado en mis moléculas. ¡Genial! Es un tábano, desafía en sentido estimulante! Y fíjate que sólo compartí unas horas de martirio :))
    Querido Sibaritastur, a ver cuando llega el momento de compartir en 3D estos manjares…
    Gran abrazo
    Malena

  3. Yo mira por donde en la “Música i el Vi” cate un par de sus vinos aunque lo que recuerdo son unos berberechos que tenia allí para el que quisiese maridar sus vinos de quitar el sentido, las mejores conservas que he probado jamás.

    Malena, tu no cataste sus vinos y yo recuerdo tan solo los berberechos, afortunadamente los vinos siempre se podrán comprar, la experiencia, lo vivido no.

    Saludos

    PD. Si alguno sabe decirme de que conservas de lata blanca se trataba se lo agradecería.

  4. David! llego una mica tard 🙂 Lo delicado de tu sentido del humor y de detectar lo importante de la vida me encanta!
    Definitivamente hay que detectar a como de lugar el rastro de aquellos berberechos… a Emilio lo tenemos ubicado y me parece que detectado 🙂
    Tal vez sea bueno recibir el otoño con un Emilio…
    Gran abrazo y seguimos
    Male

  5. Hola Malena, mi más sincera enhorabuena por el reportaje y también por esa actitud de alcanzar el objetivo de llegar y entrar en espectro de Emilio, lo cual te hace tan grande como el. Espero poder compartir un Gorvia, un Emilio o un Galgueira cuando nos veamos. Sobre Emilio no tengo nada que decir le conozco desde hace muchos años y todo se simplifica en una botella. Es un GENIO en todos los sentidos y ha sabido porner el vino artesano gallego donde se merece, en lo mas alto.
    Un abrazo

    Francisco Chao
    P.D. David los berberechos eran de Frinsa pero en Galicia los tenemos mejores, tienes que probar los Luis Escurís Batalla.

  6. Francisco, se me hace agua la boca pensando en esos vinos y en todo lo que trae el mar! Muchas gracias por el aliento. Ya me gustaría hacer algo de tal reconocmiento como un Emilio Rojo!
    La visita fue realmente un ejercicio de paciencia y abandono absoluto del ego. Digamos que este puede ser el cartelito de entrada en el espectro de Emilio, “deje su ego fuera o saldrá perjudicado”
    Todo esto me hace pensar en el vino. No se trata ahora de hacer la loa a nada, pero imagino que el contacto con su vino debe ser algo desconcertante, pero que no espanta, que dan ganas de otro trago y que poco a poco te vaya distrayendo de la conversación en la que estás porque casi como por vudú ese vino se ha tomado toda tu atención. Debe ser algo entre vino y pócima.
    Desde ya estamos produciendo el encuentro en Viveiro. Será memorable y hay ilustres apuntados 🙂
    Gran abrazo
    Malena

  7. Que bueno, hace tiempo que oí hablar de Emilio Rojo y siempre era lo mismo, “he conseguido comprar una botella de Emilio Rojo”. Sin duda tiene que ser un personaje. Aunque por la descripción que habeis dado y por lo que comentas en el post, me quedan dudas de si hacer el viaje o no. Lo primero porque me gusta el vino y más aún beberlo y sino puedo, joderme me va a joder, pero lo soportaré. No en serio, me encantaría visitarlo y conocerlo. He conocido a otros que yo los considero maestros y sin duda Emilio puede ser uno más de los que en su momento a mi me cambiaron la forma de pensar y actuar y seguro que aprender aprendes, aunque salgas perjudicado.

    Lo dicho, que espero poder conocer pronto a Emilio Rojo.

    Salud y buen vino.

  8. Si Samuel! Hay que exponerse un poco, que tu ya lo haces y cómo! Tu contacto con Emilio no puede salir de otro modo que bien. Le presentarás tu vino, reaccionará quién sabe cómo pero con respeto, lo que diga te servirá y con un poco de suerte probarás el suyo. La verdad, creo que de tipos como este, lo que al final menos te interesa es el vino 😉
    Gran abrazo y ya podrías contar cómo va este fin de verano en La Mancha…
    Salut y el mejor vino

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