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Ir de ferias de vino es algo que todo amante del vino debería hacer alguna vez en su vida; es más lo recomiendo como una actividad de enoturismo. Una vez al año, te marcas la feria que te apetezca y puedas visitar, arreglas la logística y te largas. Si cada uno hiciera esto el mundo del vino cogería una orientación más humana.

Ya lo se, es imposible llevar esta propuesta más allá de cierto grado. Pero propongo comenzar. Hay ferias que te lo hacen más potable; otras que te lo hacen imposibe pero porque son tan profesionales que se hacen aburridas o necesitas conocer a alguien que te lleve a la primer fiestecilla.

El miércoles pasado fui a Millésime Bio en Montpellier. Y realmente fue un momento de felicidad. Siendo una feria profesional en la que no faltaban los compradores japoneses que iban a lo que iban, podías quedarte conversando con los viticultores un buen rato. Todos presentan con amor y orgullo sus creaciones en un salón muy grande en donde habían 500 productores presentando vinos que hacen con mimo, con producciones que no pasan de las 20 o 30 mil botellas para poder hacer un trabajo artesano que garantice la calidad del producto y el respeto por su consumidor.

Por eso caminar por los pasillos de Millésime Bio era escuchar hablar de las muchas formas de emprender un trabajo artesanal desde la viña y con la menor intervención posible de factores exógenos desde tractores hasta levaduras.
Y también escuchar hablar con positiva sorpresa de los compradores japoneses especializados en vino orgánico, de agricultura procedente de prácticas biodinámicas o ecológicas (disculpen que no haga sistemáticamente las diferencias entre todas), que suponen cada vez mejores oportunidades para esta forma artesana, más arriesgada y apasionada de producir vino.

Lo que disfruté en definitva, fue la sensación de estar en un salón profesional, en donde unos venden y otros compran, que de todos modos logra mantener el calor y el espíritu jodón de los viñerón artesanos. También disfruté Londres o Burdeos, pero había distancia, ambiente más bien de traje y corbata y representantes de producto que van a lo que van. Y si me permiten bastante, bastante machista. No así las ferias de vinos naturales, en donde de todos modos y por ahora manda la sensibilidad masculina.

Las quejas respecto de lo difícil que es mover vino en España siempre están. Pero esta vez prefiero quedarme con lo positivo. La recomendación de ir de ferias de vino que nos ventila la cabeza y nos pone delante de gente muy singular. La constatación de que el mundo del vino natural, de procendencia biodinámica se consolida y crece. Y que según también suena por los pasillos hay cada vez más productores de vino que buscan reconvertirse a la biodinámica y a formas más equilibradas, naturales, armónicas de producir como un acto de amor a la vida.

Me parece que es una lindísima forma de comenzar el año viajero…

Brindo por los viñerón y por los viajes por el mundo del vino:)

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5 comentarios

  1. Nunca he ido a una feria de vino, sólo a alguna Fiesta del Albariño en Cambados.
    Debe ser una gozada estar ahí, conocer, probar, aprender, compartir.
    Lo apunto en la lista de ToDo 🙂
    Saludos.

  2. Hola Malena,
    Entrabas y percibías que no era una feria al uso.
    Disposición de las mesas, compartir, relacionarte, cercanía.
    Fluía la energía, entusiasmo.
    Trabajar en armonía.
    Su pudiera solo consumiría vinos BIO.

  3. Hola queridos amigos!
    Creo que Bentley estará de acuerdo conmigo en alentar a Smiorgan y a todos a visitar alguna de las tantas ferias de vino que hay en el año.
    Me propongo organizar un calendario y dar la información con la suficiente antelación como para programarse.
    Y hasta es probable que podamos organizar alguna actividad juntos.
    Me alegra vovler a nuestras conversaciones de amigos y de vinos en este 2010
    Un grande abrazo y seguimos promoviendo el vino bueno:)
    Salut!

  4. “Des japonais” es lo que casi susurraban algunos productores cuando, a mitad de una charla distendida, movian fugazmente ojos y cabeza para hacerte notar que se acercaba un oriental con libreta y bolígrafo en mano. Subía unas décimas la tensión en el ambiente. Entonces tu conversación se entrecortaba por momentos, un par de respuestas cortas a los compradores del lejano Oriente, cata rapidísima, todo para afuera y anotaciones en el márgen de la libreta: carácteres indescifrables.

    Luego todo volvía a una relativa normalidad, los músculos del productor se relajaban, mirada cómplice, hombros encogidos. Vuelta a la conversación pausada y tranquila con los artesanos del vino. Porque en Millésime Bio, por lo general, abundaban los artesanos del vino. Más de 500 productores de Francia, Italia, España y algún país más. Todos bajo ese sello que parece dotar de una cierta pausa y calma en el hacer, algunos más y otros menos. Algún personaje hecho a sí mismo, otros con más pose, mucha gente esforzada en hacer y dar a conocer parte de su vida. En otras Ferias se va a lo que va, como bien dices Malena: fíjate en esta cuantos productores nos dijeron, además de probar sus vinos, que probáramos los de la mesa de al lado. Más de dos y más de tres. Eso habla y muy bien del ambiente en el que se celebra este acontecimiento.

    Nosotros empezamos tragando todo y acabamos escupiendo más de lo que queríamos. Toda una técnica. Pasamos de la Sierra de Sevilla a la Rioja Alavesa, con parada técnica en Rias Baixas. Luego una buena acampada por los aromas del Languedoc Roussillon, probando de aquí y de allá, algunos ya conocidos y otros por conocer. Fantásticos los vinos de Calce, minúsculo pueblo del Roussillon. También hubo algo de Priorat. E incluso nos atrevimos a bromear con la chica de la cafetería pidiéndole si tenía algo de vino para acompañar el sandwich con que asentamos tanto brevaje.

    Finalmente decidimos salir a tomar el aire (y menudo aire!) y apurar el buen sol de la zona, antes de tomar el coche y regresar al lado sur de los Pirineos. Me quedo con todo, y sobretodo con el apunte “los Pirineos no deben ser considerados como una frontera a efectos vinícolas”. Los montañeros lo sabemos bien: los Pirineos nunca han sido, realmente, una frontera. Al contrario, siempre fueron una vía de comunicación más fluida de lo que se cree, con sus propias leyes, y muy claras. Las fronteras llegaron luego. Tenemos mucho en común en cada lado.

  5. Que bueno Marc eso que comentas. Lo de que los Pirineos no son frontera, imagina como me suena eso a mi en mi cabeza que soy de la mancha, la montaña mas alta es la pequeña sierra que cobija los molinos de mi pueblo. Pero es genial, yo no he estado en casi ninguna feria, pero el año pasado en Barcelona fue genial, conocer a los viñeron franceses con sus vinos naturales era genial, yo ni papa de frances ellos ni papa de español, pero al final ellos entendieron que la airén era la uva más plantada y que mi vino de airén era el unico en el mercado con ese color. Y yo entendí que el defecto que aquí todo el mundo pone al brett allí ni es defecto ni es nada. Fue genial.

    Espero poder reencontrarme pronto con todos vosotros en alguna feria, exponiendo o catando me es casi indiferente.

    Salud y buen vino.

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